IA y herramientasSOCIEDAD LONGEVA

Convivir con la inteligencia artificial durante una vida más larga

La inteligencia artificial no será una tecnología que encontremos al hacernos mayores. Para muchas personas será una tecnología con la que conviviremos durante décadas.

Durante mucho tiempo hemos imaginado la relación entre tecnología y envejecimiento de una manera bastante sencilla: aparecen nuevas herramientas y, llegado cierto momento de la vida, tenemos que aprender a utilizarlas para no quedarnos atrás.

La inteligencia artificial obliga a mirar el asunto de otra manera.

No estamos ante una tecnología destinada a las personas mayores ni ante una herramienta que vaya a incorporarse únicamente cuando necesitemos ayuda. Ya está entrando en el trabajo, la educación, la salud, la administración, las finanzas, la comunicación, el ocio y muchas de las pequeñas decisiones de nuestra vida cotidiana.

Si vivimos más años, también conviviremos durante más tiempo con sistemas capaces de aprender, recomendar, anticipar, automatizar y tomar algunas decisiones por nosotros. La pregunta deja entonces de ser si sabremos utilizar la inteligencia artificial cuando seamos mayores. La pregunta es qué relación queremos mantener con ella durante una vida más larga.

Una tecnología que también envejece con nosotros

Quien hoy empieza a utilizar un asistente de inteligencia artificial para escribir, buscar información, traducir un texto, organizar un viaje o resolver una duda probablemente no piensa en ello como una herramienta relacionada con la longevidad. Y, sin embargo, puede serlo.

La inteligencia artificial puede acompañarnos durante distintas etapas de la vida y desempeñar funciones muy diferentes en cada una de ellas. Puede ayudarnos a aprender algo nuevo, facilitar determinadas tareas profesionales, hacer más accesible un servicio, recordar información, interpretar datos o simplificar gestiones que antes exigían conocimientos específicos.

También puede contribuir a que algunas personas mantengan durante más tiempo determinadas capacidades o puedan seguir realizando actividades que de otra manera resultarían más difíciles. Pero esta relación no será necesariamente lineal. Nosotros cambiaremos y la tecnología también.

Un reciente trabajo de la OECD sobre inteligencia artificial y sociedades envejecidas señala que su impacto no se limita a los cuidados: también puede afectar a productividad, empleo, formación y necesidad de adquirir nuevas competencias durante vidas laborales y personales cada vez más largas.

Eso introduce una cuestión poco habitual cuando hablamos de longevidad digital: quizá tendremos que aprender y reaprender nuestra relación con la tecnología varias veces a lo largo de la vida.

Ayudar no es lo mismo que decidir por nosotros

Buena parte de la conversación sobre inteligencia artificial y envejecimiento se ha concentrado en aquello que las máquinas podrán hacer por las personas: monitorizar la salud, detectar riesgos, recordar medicación, facilitar la movilidad, ofrecer compañía o ayudar en los cuidados.

Muchas de esas posibilidades pueden ser valiosas. Pero existe una diferencia importante entre una tecnología que amplía nuestra capacidad para decidir y otra que empieza a decidir en nuestro lugar.

La tecnología asistencial puede favorecer que una persona continúe viviendo en su casa o realizando determinadas actividades, pero también puede introducir vigilancia constante, recopilar información especialmente íntima o convertir la seguridad en argumento para reducir su capacidad de elección.

El Human Development Report 2025 de Naciones Unidas plantea precisamente esa tensión. Advierte de posibles intercambios entre privacidad y autonomía —por ejemplo, aceptar vigilancia para poder permanecer en casa— y señala que determinados sistemas destinados a personas mayores pueden incorporar estereotipos sobre fragilidad, dependencia o soledad. No es una cuestión menor.

La autonomía no consiste en hacerlo todo sin ayuda. Consiste también en conservar la capacidad de decidir qué ayuda aceptamos, qué delegamos y qué preferimos seguir haciendo nosotros.

Con la inteligencia artificial esa frontera puede moverse continuamente.

Podemos agradecer que una máquina nos recuerde algo y rechazar que decida qué debemos hacer. Podemos querer un sistema que detecte una situación de riesgo y no querer que registre permanentemente nuestra vida. Podemos delegar una tarea administrativa y conservar otras simplemente porque queremos seguir haciéndolas.

La mejor tecnología quizá no sea la que consiga hacer cada vez más cosas por nosotros, sino la que nos permita seguir eligiendo cuáles queremos hacer nosotros mismos.


La nueva brecha puede ser saber decidir

Durante años hemos hablado de brecha digital principalmente como una diferencia de acceso o de conocimientos: tener conexión, disponer de dispositivos o saber utilizar determinadas aplicaciones.

Ese problema no ha desaparecido. La OECD sigue detectando diferencias importantes en competencias digitales y en formación relacionada con inteligencia artificial según la edad.

Pero la inteligencia artificial puede añadir otra brecha.

No será solamente quién sabe utilizarla, sino quién dispone de conocimientos suficientes para decidir cuándo utilizarla, cuándo desconfiar de una respuesta, qué información entregar, qué automatizar y qué consecuencias puede tener delegar determinadas decisiones. Eso afecta a todas las edades.

Una persona puede manejar perfectamente una aplicación y, sin embargo, no comprender qué ocurre con sus datos. Otra puede necesitar ayuda para utilizarla pero tener muy claro qué decisiones no quiere delegar.

Por eso una sociedad longeva necesitará algo más que alfabetización tecnológica. Necesitará mantener durante toda la vida la posibilidad de comprender, aprender, preguntar y elegir.

La inteligencia artificial también puede ampliar una vida

Existe el riesgo de que una conversación centrada en amenazas nos haga olvidar la otra parte.

La inteligencia artificial puede eliminar barreras que hoy limitan nuestra autonomía. Puede facilitar la comunicación cuando existen dificultades visuales, auditivas o motoras. Puede simplificar interfaces, adaptar información, traducir, acompañar procesos de aprendizaje o hacer accesibles conocimientos que antes requerían intermediarios.

También puede permitir que continuemos aprendiendo durante más años. Y quizá ahí exista una de sus posibilidades más interesantes para una sociedad longeva.

Una vida más larga no significa únicamente necesitar más cuidados. Significa disponer de más años para cambiar de actividad, descubrir intereses, trabajar de otra manera, recuperar conocimientos olvidados o aprender cosas que nunca habíamos tenido tiempo de aprender.

La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para hacerlo.

Pero solo si evitamos una paradoja: que una tecnología capaz de ampliar nuestras posibilidades termine reduciendo nuestra iniciativa porque dejamos de intentar, recordar, investigar o decidir aquello que puede hacer automáticamente por nosotros. No todo lo que puede automatizarse necesita ser automatizado.

Convivir será más importante que adaptarnos

Probablemente dentro de diez años muchas de las herramientas que hoy nos sorprenden parecerán rudimentarias. Y dentro de veinte utilizaremos sistemas que ahora ni siquiera sabemos imaginar.

Por eso resulta insuficiente pensar que el desafío consiste en enseñar inteligencia artificial a quienes han llegado tarde a ella. Muchos de quienes hoy tienen cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta años no han llegado tarde. Ya están dentro.

La cuestión será cómo conservar capacidad de aprendizaje mientras cambian las herramientas; cómo evitar que determinados servicios digitales se conviertan en barreras; cómo proteger privacidad y capacidad de decisión; y cómo utilizar la automatización para ampliar posibilidades en lugar de estrecharlas.

La inteligencia artificial no pertenece a una generación. Y la longevidad tampoco.

Vivir más años significará también convivir durante más años con tecnologías capaces de ayudarnos, conocernos y decidir cada vez más cosas. El verdadero desafío será conseguir que esa convivencia amplíe nuestra autonomía en lugar de sustituirla.

Quizá esa sea una de las grandes cuestiones de la longevidad digital.

No aprender a utilizar la inteligencia artificial cuando seamos mayores.

Aprender, durante toda una vida, qué queremos hacer con ella y qué queremos seguir haciendo nosotros.