Ciberseguridad y privacidadSOCIEDAD LONGEVA

Cuando desconfiar de todo también nos hace menos autónomos

Cada intento de estafa que recibimos por correo electrónico, SMS o WhatsApp parece confirmar el mismo consejo: hay que desconfiar. No abrir enlaces sospechosos, no facilitar datos personales, comprobar quién nos escribe y extremar las precauciones cuando alguien solicita dinero, contraseñas o códigos de acceso.

Son recomendaciones necesarias. El problema aparece cuando la prudencia termina convirtiéndose en miedo y el miedo nos lleva a renunciar a herramientas que forman parte de la vida cotidiana.

Banca electrónica, compras, citas médicas, viajes, administraciones públicas, comunicaciones familiares o gestiones domésticas se han trasladado en buena medida al entorno digital. Dejar de utilizarlas no siempre nos protege: en ocasiones simplemente hace que necesitemos a otra persona para hacer aquello que antes resolvíamos por nosotros mismos.

En una sociedad longeva, la ciberseguridad también debería servir para conservar autonomía.

El miedo también puede crear dependencia

Las estafas digitales existen y cambian constantemente. Algunas aprovechan la urgencia, otras imitan a bancos, empresas o administraciones y muchas recurren a algo tan antiguo como ganarse nuestra confianza para conseguir información o dinero.

La respuesta más sencilla sería reducir nuestra exposición. No utilizar banca electrónica, evitar las compras por Internet, no instalar aplicaciones nuevas o pedir a un hijo, familiar o persona de confianza que se encargue de cualquier gestión que parezca complicada.

Pero esa solución tiene un coste.

Cuando alguien deja de gestionar sus propias cuentas porque teme equivocarse, necesita ayuda para comprar un billete o depende de otra persona para realizar un trámite administrativo, está cediendo una pequeña parte de su autonomía. Puede ser una ayuda necesaria y perfectamente razonable en determinadas circunstancias, pero no debería convertirse automáticamente en la respuesta a cualquier dificultad digital.

Además, depender de otras personas plantea sus propios problemas de privacidad. Compartir contraseñas, entregar el teléfono para que alguien realice una operación o permitir acceso permanente a nuestras cuentas puede solucionar una dificultad inmediata mientras crea otras vulnerabilidades.

La seguridad digital no debería consistir en dejar de hacer cosas, sino en aprender a hacerlas con un nivel de riesgo que podamos comprender y gestionar.

El objetivo no puede ser eliminar cualquier posibilidad de equivocarnos. Esa seguridad absoluta tampoco existe fuera de Internet.

Aprender a reconocer riesgos sin vivir pendientes de ellos

Durante años hemos hablado de brecha digital pensando principalmente en el acceso a dispositivos y en la capacidad para utilizarlos. Ahora aparece una segunda cuestión: podemos disponer de teléfono, ordenador y conexión y, aun así, sentir que el entorno digital se ha vuelto demasiado complejo o peligroso.

Las amenazas son cada vez más convincentes. Un mensaje fraudulento puede parecer enviado por una empresa conocida, una llamada puede utilizar información personal para resultar creíble y las herramientas de inteligencia artificial hacen posible generar textos, voces e imágenes difíciles de distinguir a primera vista.

Eso obliga a desarrollar nuevas precauciones, pero probablemente también a cambiar nuestra manera de entender la alfabetización digital.

Ya no basta con saber utilizar una aplicación. Necesitamos aprender algunas rutinas de seguridad: detenernos ante las peticiones urgentes, comprobar por otra vía quién nos contacta, evitar facilitar códigos de acceso, utilizar sistemas de autenticación adecuados y mantener dispositivos y aplicaciones actualizados.

No hace falta convertirse en especialista en ciberseguridad para incorporar esos hábitos, del mismo modo que conducir un automóvil no exige conocer toda su mecánica.

También necesitamos poder preguntar cuando algo nos genera dudas sin sentir que hemos demostrado nuestra incompetencia. La vergüenza puede ser una aliada extraordinaria de los estafadores. Reconocer que un mensaje nos resulta extraño y contrastarlo antes de actuar es una conducta prudente a cualquier edad.

Proteger sin infantilizar

Existe otro riesgo cuando hablamos de ciberseguridad y personas mayores: convertir la protección en tutela.

La edad cronológica no determina la competencia digital. Hay personas de 70 años que gestionan perfectamente su vida en Internet y personas mucho más jóvenes que utilizan tecnología continuamente y mantienen hábitos de seguridad desastrosos.

Presentar el fraude digital como un problema fundamentalmente de personas mayores puede reforzar estereotipos y provocar precisamente aquello que pretendíamos evitar. Si repetimos que determinado grupo es especialmente vulnerable, quizá terminemos justificando que otros decidan qué aplicaciones puede utilizar, qué operaciones debería realizar o cuándo necesita supervisión.

La ayuda tiene sentido cuando se necesita. Lo importante es que, siempre que sea posible, ayudar no signifique sustituir.

Una persona puede necesitar que le expliquemos cómo activar una medida de seguridad, reconocer un intento de fraude o recuperar una contraseña. Hacer la operación en su lugar quizá sea más rápido, pero enseñarle a resolverla conserva una capacidad que podrá utilizar la próxima vez.

Esta cuestión será todavía más importante a medida que administraciones, bancos, empresas y servicios sanitarios continúen digitalizando procedimientos. No podemos construir una sociedad en la que utilizar Internet sea prácticamente obligatorio y después considerar que una parte de la población debería mantenerse alejada porque resulta demasiado peligroso.

La responsabilidad también corresponde a quienes diseñan esos servicios. Procesos comprensibles, mecanismos de verificación claros, sistemas accesibles y ayuda humana cuando algo falla son igualmente formas de ciberseguridad.

Seguridad para seguir decidiendo

Envejecer con autonomía también significa conservar capacidad para movernos por un mundo que será cada vez más digital. Eso exigirá aprendizaje, adaptación y probablemente ayuda en algunos momentos, igual que ocurre en muchas otras dimensiones de la vida.

Habrá situaciones en las que delegar sea sensato e incluso necesario. Pero debería ser una decisión y no la consecuencia inevitable del miedo.

La ciberseguridad no puede prometernos que nunca seremos engañados, del mismo modo que cerrar correctamente la puerta de casa no elimina todos los riesgos. Puede proporcionarnos conocimientos, hábitos y herramientas que reduzcan nuestra vulnerabilidad sin obligarnos a renunciar a las ventajas de la tecnología.

Porque desconfiar de un mensaje sospechoso puede protegernos. Desconfiar de todo puede acabar reduciendo nuestro mundo.

El reto consiste en encontrar ese equilibrio: suficiente prudencia para protegernos y suficiente confianza para seguir comprando, viajando, comunicándonos, gestionando nuestro dinero y tomando nuestras propias decisiones.

En una vida cada vez más digital, eso también es autonomía.