Cuando el reloj empieza a saber cosas de nosotros que antes no sabíamos
Durante buena parte de nuestra vida, un reloj servía para saber qué hora era. Como mucho, incorporaba un cronómetro, una alarma o nos recordaba el día del mes. Hoy podemos llevar en la muñeca un dispositivo que registra cuánto caminamos, cómo dormimos, cuál es nuestro ritmo cardiaco o cómo responde nuestro organismo durante determinadas actividades.
El cambio parece tecnológico, pero quizá sea más profundo. Por primera vez tenemos acceso cotidiano a información sobre nuestro cuerpo que hasta hace poco apenas observábamos o que solo conocíamos cuando acudíamos a un profesional sanitario.
No necesitamos sentirnos enfermos para empezar a medirnos.
Los relojes inteligentes, pulseras de actividad y otros dispositivos wearables han convertido algunos datos personales en compañeros cotidianos. Y eso abre posibilidades interesantes para cuidar nuestra salud y conservar autonomía, pero también plantea una pregunta que irá adquiriendo importancia a medida que estas tecnologías sean capaces de medir más cosas: ¿qué hacemos con toda esa información?
De mirar la hora a observar nuestro cuerpo
Uno de los grandes cambios introducidos por los wearables no está necesariamente en cada una de sus mediciones, sino en su continuidad.
Una medición aislada nos cuenta qué estaba ocurriendo en un momento determinado. Un dispositivo que llevamos durante semanas o meses puede empezar a mostrarnos tendencias.
Quizá descubrimos que caminamos bastante menos de lo que imaginábamos. Que determinadas noches dormimos peor. Que nuestro ritmo cardiaco responde de manera diferente según la actividad que realizamos. O simplemente que algunos hábitos que considerábamos normales son mucho menos constantes de lo que creíamos.
El valor potencial está precisamente ahí: hacer visible aquello que nuestra percepción cotidiana no siempre detecta.
A medida que vivimos más años, esa posibilidad puede resultar especialmente interesante. Mantener actividad física, detectar cambios y conocer mejor determinados patrones puede ayudarnos a participar de forma más consciente en el cuidado de nuestra propia salud.
Pero observar no es lo mismo que diagnosticar.
Un reloj puede registrar datos y detectar determinadas variaciones, pero convertir esas mediciones en información clínicamente relevante requiere contexto, interpretación y, cuando corresponde, valoración profesional.
Medir más no siempre significa saber más
La facilidad para obtener datos puede producir una sensación engañosa: si podemos medir algo, quizá pensemos que necesariamente debemos hacerlo.
Pasos, calorías, horas de sueño, frecuencia cardiaca, niveles de actividad, recuperación, estrés… La lista aumenta conforme aparecen nuevas generaciones de dispositivos.
El problema es que un dato sin contexto puede informar poco y preocupar mucho.
Dormir peor una noche no significa necesariamente tener un problema de sueño. Una variación puntual en una medición tampoco explica por sí sola qué está ocurriendo en nuestro organismo. Incluso dos personas con valores diferentes pueden encontrarse en situaciones completamente distintas.
Por eso aprender a convivir con estas tecnologías exigirá también aprender a no convertir cada cifra en una señal de alarma.
La tecnología puede ayudarnos a conocer mejor nuestro cuerpo. El reto será conseguir que los datos aumenten nuestra capacidad de decidir en lugar de aumentar nuestra preocupación.
Probablemente una de las habilidades digitales de los próximos años no consistirá solamente en saber utilizar un dispositivo, sino en comprender qué información merece nuestra atención y cuál necesita ser interpretada antes de sacar conclusiones.
Tecnología para conservar autonomía
Existe otro aspecto de los wearables especialmente relacionado con la longevidad: su capacidad para acompañarnos sin exigir una atención permanente.
Algunos dispositivos pueden detectar determinados accidentes, emitir avisos o facilitar que pidamos ayuda. Otros permiten registrar actividad durante largos periodos o compartir cierta información cuando decidimos hacerlo.
Utilizadas con criterio, estas funciones pueden contribuir a que una persona continúe realizando actividades por sí misma con una sensación adicional de seguridad.
Pero aquí aparece una frontera importante.
La misma tecnología que puede proporcionar tranquilidad también puede convertirse en una herramienta de vigilancia. Saber que un familiar dispone de un dispositivo capaz de localizarlo o transmitir determinados datos no significa que debamos consultar constantemente esa información.
Cuidar y supervisar no son necesariamente la misma cosa.
La autonomía también incluye decidir qué datos compartimos, con quién y para qué. Y esa decisión no debería desaparecer simplemente porque cumplamos años o porque otras personas estén preocupadas por nosotros.

Aprender a vivir con nuestros propios datos
Los wearables probablemente serán cada vez menos visibles y, al mismo tiempo, más capaces de observar aspectos de nuestra vida cotidiana. Sensores más precisos, nuevos dispositivos y sistemas de inteligencia artificial podrán encontrar relaciones entre datos que hoy apenas sabemos interpretar.
Eso puede convertir la monitorización personal en una herramienta valiosa para la prevención, el seguimiento y el conocimiento de nuestros propios hábitos.
Pero también hará necesario desarrollar una relación más madura con la información que producimos.
No necesitamos convertir nuestra vida en un cuadro de mandos ni alcanzar cada día una puntuación perfecta. Hay días en los que caminamos menos, dormimos peor o simplemente no queremos saber cuántos pasos hemos dado.
El objetivo de estas tecnologías no debería ser obligarnos a vivir pendientes de nuestros indicadores.
Debería ser algo bastante más sencillo: ofrecernos información útil cuando pueda ayudarnos a seguir cuidándonos, tomando decisiones y conservando autonomía.
Porque quizá lo verdaderamente nuevo no sea que nuestro reloj pueda saber cada vez más cosas sobre nosotros.
Será aprender a decidir cuáles de esas cosas necesitamos saber nosotros.
