SALUD Y BIENESTARTerapias no farmacológicas

Cuidar sin añadir otro medicamento: el valor de las terapias no farmacológicas

Cuando pensamos en cuidar la salud, los medicamentos ocupan un lugar central y, en muchas enfermedades, imprescindible. Pero una vida más larga también obliga a prestar atención a otras intervenciones que pueden ayudarnos a conservar capacidades, aliviar determinados síntomas y mantener autonomía durante más tiempo.

Fisioterapia, ejercicio terapéutico, terapia ocupacional, intervenciones psicológicas, estimulación cognitiva o musicoterapia son ejemplos muy diferentes entre sí. No sustituyen necesariamente a los medicamentos ni comparten el mismo grado de evidencia para todos sus usos, pero amplían las posibilidades de cuidado más allá de una receta.

La primera distinción es importante: no farmacológico no significa alternativo. Una terapia puede no utilizar medicamentos y formar parte plenamente de una atención sanitaria profesional basada en la evidencia.

Esa diferencia será cada vez más relevante en una sociedad longeva, donde cuidar no consiste únicamente en tratar enfermedades, sino también en intentar conservar durante más tiempo aquello que nos permite seguir viviendo como queremos.

No farmacológico no significa alternativo

El propio nombre puede inducir a confusión. Definir estas terapias por aquello que no utilizan parece situarlas frente a los medicamentos, cuando muchas veces trabajan conjuntamente con ellos.

Una sesión de fisioterapia después de una operación, un programa de ejercicio supervisado o una intervención de terapia ocupacional destinada a mantener actividades cotidianas no son alternativas a la medicina convencional. Pueden formar parte del mismo proceso de atención.

Una terapia no farmacológica no debería competir con un medicamento cuando este es necesario. Su valor está en añadir herramientas para cuidar aspectos de nuestra vida que una receta, por sí sola, no siempre puede resolver.

La diferencia tampoco consiste simplemente en que una actividad resulte agradable o nos haga sentir mejor. Para hablar de una intervención terapéutica necesitamos preguntarnos qué objetivo persigue, qué evidencia existe para ese uso, quién la realiza y cómo podemos valorar sus resultados.

Eso permite establecer también una frontera necesaria frente a tratamientos que se presentan como naturales, innovadores o alternativos y prometen resultados que no pueden demostrar. Prescindir de medicamentos no convierte automáticamente una propuesta en eficaz ni en segura.

Cuidar también es conservar autonomía

Una sociedad en la que vivimos más años necesita ampliar su idea de salud. Muchas personas convivirán durante mucho tiempo con enfermedades crónicas, cambios físicos o algunas limitaciones sin que eso signifique necesariamente perder su capacidad para decidir y desarrollar una vida satisfactoria.

Por eso adquiere importancia la funcionalidad. Poder levantarnos de una silla, caminar con seguridad, vestirnos, cocinar, salir de casa o continuar realizando actividades que nos interesan son capacidades cotidianas que sostienen nuestra autonomía.

Las terapias no farmacológicas pueden intervenir precisamente ahí. El ejercicio terapéutico puede trabajar fuerza, equilibrio o movilidad; la fisioterapia puede ayudar en procesos de recuperación y mantenimiento funcional; la terapia ocupacional puede facilitar que continuemos realizando actividades significativas, incluso cuando sea necesario cambiar la manera de hacerlas.

En otros casos el objetivo puede estar relacionado con aspectos emocionales, cognitivos o sociales. Una intervención psicológica, un programa de estimulación cognitiva o la utilización profesional de la música pueden responder a necesidades diferentes y formar parte de estrategias más amplias de atención.

No necesitamos convertir este conjunto de posibilidades en un catálogo. Cada una merece ser analizada por separado y algunas tendrán su propio espacio en esta subcategoría. Lo importante es comprender el cambio de perspectiva: cuidar no consiste únicamente en combatir una enfermedad; también puede consistir en proteger las capacidades que hacen posible nuestra vida cotidiana.

Y conservar autonomía tampoco significa empeñarnos en hacerlo todo sin ayuda. A veces consiste precisamente en aceptar una adaptación, una terapia o un apoyo que nos permita seguir decidiendo qué queremos hacer y cómo queremos hacerlo.

La persona antes que la terapia

Una intervención puede tener buenos fundamentos y, sin embargo, resultar poco útil si no encaja con la persona que debe realizarla. Las preferencias, la historia personal, las capacidades y las circunstancias cotidianas también importan.

Alguien puede sentirse profundamente vinculado a la música mientras otra persona no muestra ningún interés. Hay quienes disfrutan participando en actividades colectivas y quienes prefieren trabajar individualmente. Una actividad que exige desplazamientos continuos o una organización difícil puede resultar poco sostenible aunque sobre el papel parezca adecuada.

Una intervención puede estar bien diseñada y aun así fracasar si convierte a la persona en espectadora de su propio cuidado.

Poner a la persona en el centro significa establecer objetivos razonables, escuchar preferencias y comprobar si aquello que hacemos aporta realmente algún beneficio. También significa desconfiar de las soluciones universales y de las promesas extraordinarias.

El creciente interés por la longevidad está generando un mercado enorme alrededor del bienestar. Eso puede favorecer la innovación y ampliar las posibilidades disponibles, pero también facilita la aparición de métodos que utilizan palabras como rejuvenecimiento, regeneración o prevención sin explicar con claridad qué pueden conseguir.

Conviene mantener una actitud abierta y, al mismo tiempo, exigir evidencia suficiente. No se trata de elegir entre medicamentos y terapias no farmacológicas, sino de utilizar la herramienta adecuada para cada necesidad, con expectativas razonables y sin convertir el deseo de vivir mejor en terreno abonado para los milagros.

Cuidar de otra manera

Vivir más años no debería conducir automáticamente a acumular tratamientos. También podemos ampliar nuestra forma de entender el cuidado y prestar atención a intervenciones que ayuden a mantener capacidades, adaptarnos a los cambios y conservar autonomía.

Algunas terapias no farmacológicas cuentan con evidencia sólida para determinados usos; otras continúan investigándose y no todas las propuestas que encontramos bajo esa denominación merecen la misma confianza. Precisamente por eso necesitaremos criterio.

Cuidar sin añadir otro medicamento no significa rechazarlo cuando es necesario. Significa reconocer que nuestra salud y nuestro bienestar dependen también del movimiento, las capacidades, las emociones, las relaciones y el entorno en el que vivimos.

Y quizá la pregunta más interesante no sea cuántos tratamientos podemos incorporar, sino qué necesitamos para continuar viviendo una vida que siga siendo nuestra.