La seguridad digital también protege nuestra autonomía
Cuantas más decisiones importantes trasladamos al mundo digital, más difícil resulta separar nuestra seguridad tecnológica de nuestra capacidad para seguir gestionando nuestra propia vida.
Durante años hemos entendido la seguridad digital como una cuestión bastante técnica. Contraseñas difíciles, antivirus, actualizaciones, copias de seguridad o precaución ante mensajes sospechosos formaban parte de una especie de mantenimiento necesario para utilizar ordenadores y teléfonos.
Pero nuestra relación con la tecnología ha cambiado.
Hoy podemos consultar una cuenta bancaria, recibir resultados médicos, reservar un viaje, contratar un seguro, comunicarnos con nuestra familia, identificarnos ante una administración, almacenar fotografías, gestionar inversiones o autorizar un pago desde dispositivos que llevamos permanentemente con nosotros.
La seguridad digital ya no protege solamente nuestros dispositivos. Protege una parte creciente de nuestra capacidad para desenvolvernos con autonomía.
Cuando nuestra vida también necesita una puerta digital
Un artículo publicado por GeriatricArea plantea esta cuestión desde el ámbito de los cuidados. Residencias, centros de día y servicios de atención domiciliaria utilizan cada vez más historias clínicas electrónicas, aplicaciones de seguimiento, plataformas de comunicación y sistemas de gestión. Una brecha de seguridad puede exponer información médica, datos personales y detalles sobre la vida cotidiana de las personas atendidas.
Desde esa perspectiva resulta lógico afirmar que la seguridad digital también forma parte del cuidado. Pero una sociedad longeva permite ampliar la pregunta. No necesitamos vivir en una residencia ni recibir atención domiciliaria para que nuestra vida dependa cada vez más de sistemas digitales.
Una persona perfectamente autónoma puede tener buena parte de su patrimonio accesible desde una aplicación bancaria, sus fotografías familiares almacenadas en la nube, sus citas sanitarias en otra aplicación, documentos importantes en el correo electrónico y numerosos servicios asociados a un teléfono que, además, utilizamos para acreditar quiénes somos.
Perder el control de ese pequeño ecosistema puede significar bastante más que perder unos archivos. Puede significar perder temporalmente capacidad para decidir y actuar.
Una vida más larga también acumula una vida digital
La longevidad introduce además una dimensión que pocas veces asociamos con la ciberseguridad: el tiempo.
No solamente acumulamos patrimonio, recuerdos, relaciones o documentos durante nuestra vida. Cada vez acumulamos también más cuentas, archivos, fotografías, conversaciones, suscripciones, perfiles, historiales y credenciales digitales. Algunas desaparecerán. Otras cambiarán de proveedor. Muchas dejarán de interesarnos. Pero otras pueden acompañarnos durante décadas. Eso convierte la gestión digital en algo parecido a otros aspectos de nuestra vida que necesitan cierto orden a medida que pasa el tiempo.
No porque tengamos que vivir preocupados por nuestra seguridad, sino porque cada vez hay más cosas importantes detrás de una contraseña.
Y aparece entonces una paradoja.
Cuanto más complejos hacemos los sistemas para protegernos, más posibilidades existen de que algunas personas necesiten ayuda para utilizarlos. Geriatricarea señala algo parecido en el entorno profesional: cuando las soluciones de seguridad resultan demasiado complicadas, pueden terminar favoreciendo prácticas inseguras.
En nuestra vida cotidiana ocurre algo similar.
La seguridad que no podemos comprender o gestionar puede acabar reduciendo precisamente la autonomía que pretendía proteger.

Pedir ayuda sin entregar las llaves de nuestra vida
Durante una vida larga probablemente necesitaremos ayuda tecnológica en algún momento. Puede ser para configurar un teléfono, recuperar una contraseña, instalar una aplicación, entender un trámite o resolver un problema que simplemente no queremos dedicar tiempo a aprender.
Necesitar esa ayuda no debería obligarnos a entregar el control completo de nuestra vida digital. Aquí reaparece una cuestión que atraviesa muchos territorios de la longevidad: autonomía no significa hacerlo todo solos. Podemos recibir ayuda y conservar capacidad de decisión.
Eso implica que las herramientas digitales deberían permitir compartir determinadas funciones sin compartirlo todo; autorizar accesos concretos sin entregar todas nuestras credenciales; recuperar una cuenta sin depender de procedimientos incomprensibles; y decidir quién puede ayudarnos, con qué y durante cuánto tiempo.
GeriatricArea señala precisamente la importancia de limitar los permisos en organizaciones asistenciales: no todas las personas necesitan acceder a toda la información. Trasladada fuera de una residencia, esa idea resulta igualmente interesante.
Ayudarnos con la tecnología no debería significar tener acceso a toda nuestra vida digital.
Quizá necesitemos empezar a pensar también en diferentes grados de confianza, delegación y acompañamiento digital.
La ciberseguridad también es una cuestión de diseño
Existe cierta tendencia a trasladar la responsabilidad de la seguridad al usuario. No reutilices contraseñas. Activa la autenticación multifactor. Desconfía de determinados mensajes. Comprueba enlaces. Actualiza dispositivos. Protege tus datos. Todas son precauciones razonables.
Pero si vamos a vivir durante décadas utilizando servicios digitales cada vez más importantes, también podemos exigir que esos servicios sean comprensibles, recuperables y utilizables con seguridad a lo largo de la vida. La solución no puede consistir simplemente en pedir a las personas que estén permanentemente alerta.
Una sociedad longeva necesitará sistemas capaces de adaptarse a diferentes niveles de conocimiento, capacidad y apoyo sin convertir cada dificultad tecnológica en una pérdida de independencia.
Porque llegará un momento —si no ha llegado ya— en que la accesibilidad digital y la seguridad digital dejarán de ser cuestiones separadas. Ambas determinarán qué podemos seguir haciendo por nosotros mismos.
Proteger datos es también proteger posibilidades
La digitalización puede facilitar enormemente nuestra vida. Puede evitarnos desplazamientos, permitirnos gestionar asuntos desde cualquier lugar, mantener relaciones a distancia, acceder a información y conservar recuerdos que antes podían desaparecer dentro de una caja.
El objetivo no debería ser desconfiar de todo ese entorno.
De hecho, convertir la prudencia en miedo permanente también puede excluirnos de herramientas que amplían nuestra autonomía. El desafío consiste en algo más difícil: construir una relación suficientemente segura con la tecnología para poder seguir utilizándola.
Porque en una vida cada vez más digital, proteger una contraseña puede terminar significando proteger mucho más que una cuenta. Puede significar proteger nuestro dinero, nuestra intimidad, nuestros recuerdos, nuestras relaciones y nuestra capacidad para tomar decisiones.
La seguridad digital no debería servir únicamente para impedir que alguien entre. También debería ayudarnos a conservar las llaves de nuestra propia vida.
Quizá esa sea una forma diferente de entender la ciberseguridad en una sociedad longeva.
No como protección tecnológica para personas mayores.
Sino como una infraestructura de autonomía que todos tendremos que aprender a conservar mientras vivimos más años.

