Necesitar ayuda no debería significar perder autonomía
Una sociedad más longeva necesitará más cuidados. El reto no será únicamente disponer de ellos, sino conseguir que recibir ayuda no implique dejar de decidir sobre la propia vida.
Vivimos más años y, durante buena parte de ellos, también vivimos con mejores condiciones de salud y mayores niveles de autonomía que las generaciones anteriores. Pero una vida más larga tiene otra consecuencia menos cómoda de incorporar al relato de la longevidad: también aumentará el número de personas que necesitarán algún tipo de apoyo o cuidado.
El nuevo informe sobre transformación demográfica de la Comisión Europea vuelve a poner cifras a esa realidad. Según los datos recogidos por Silver Economy Group, las personas que necesitarán apoyo o cuidados en la Unión Europea podrían pasar de 36 millones actualmente a 48 millones en 2070.
Doce millones más.
La cifra permite hablar de residencias, servicios sociales, atención domiciliaria, profesionales sanitarios o presupuestos públicos. Pero también plantea una pregunta mucho más cercana: ¿qué ocurrirá con nuestra capacidad de decidir cuando necesitemos ayuda para algunas cosas que hoy hacemos solos?
Más longevidad también significa más necesidad de apoyos
Cuando hablamos de autonomía solemos imaginar a una persona capaz de resolver su vida cotidiana sin depender de nadie. Puede desplazarse, hacer compras, gestionar sus asuntos, cuidar su casa o utilizar la tecnología que necesita.
Es una imagen comprensible, pero demasiado limitada.
A lo largo de una vida extensa nuestra capacidad para realizar determinadas actividades puede cambiar. Una lesión, una enfermedad, una limitación sensorial o simplemente el desgaste acumulado pueden hacer necesario recurrir a otras personas, servicios profesionales o tecnologías de apoyo.
Eso no convierte automáticamente a alguien en una persona incapaz de dirigir su propia vida.
Necesitar apoyo para hacer algunas cosas no debería significar perder la capacidad de decidir cómo queremos hacerlas.
Podemos necesitar ayuda para desplazarnos y seguir decidiendo dónde queremos ir. Podemos necesitar que alguien prepare una comida y conservar nuestras preferencias sobre qué comemos. Podemos necesitar apoyo para realizar gestiones digitales sin entregar por ello a otra persona el control de nuestras cuentas, nuestras decisiones o nuestra intimidad.
La necesidad de ayuda puede aumentar mientras la capacidad de elección permanece intacta.
Confundir ambas cosas puede ser una de las formas más silenciosas de pérdida de autonomía.

Cuidar no consiste en decidir por alguien
En una sociedad longeva habrá que disponer de más servicios y más profesionales capaces de acompañar situaciones muy diferentes. La Comisión Europea señala precisamente que la transformación demográfica tendrá consecuencias sobre los cuidados de larga duración, la vivienda, las infraestructuras y los servicios públicos.
Pero la calidad de esos apoyos no dependerá únicamente de cuántas plazas, horas de atención o dispositivos tecnológicos consigamos ofrecer.
También dependerá de cómo entendamos a la persona que recibe el apoyo.
Existe una diferencia importante entre ayudar a alguien a realizar una tarea y sustituirlo en las decisiones relacionadas con esa tarea. A veces la segunda opción resulta más rápida. También puede parecer más segura. Pero una vida organizada permanentemente por otros puede terminar siendo una vida con muy poco espacio para elegir.
Esto afecta a grandes decisiones —dónde vivir, cómo administrar el patrimonio o qué cuidados aceptar—, pero también a otras aparentemente pequeñas: qué ropa ponerse, cuándo salir, qué comer, con quién relacionarse o cómo organizar el día.
Precisamente porque son pequeñas forman parte de aquello que constituye nuestra vida cotidiana.
La autonomía no consiste en demostrar que podemos prescindir de todos los demás. Vivimos siempre dentro de redes de interdependencia: familia, amistades, profesionales, servicios públicos, comercios, vecinos y tecnologías nos permiten hacer cosas que individualmente serían mucho más difíciles.
El problema aparece cuando la ayuda deja de ampliar nuestras posibilidades y empieza a sustituir nuestra voluntad.
Preparar una sociedad donde podamos seguir decidiendo
El debate sobre los cuidados suele concentrarse en cómo financiar el aumento de la demanda, cómo conseguir profesionales suficientes o cómo coordinar los servicios sanitarios y sociales. Son cuestiones esenciales, especialmente cuando las proyecciones demográficas obligan a pensar varias décadas por delante.
Pero también necesitaremos diseñar entornos que permitan conservar autonomía durante más tiempo.
Una vivienda accesible puede evitar que una dificultad de movilidad obligue a abandonar el hogar. Un transporte adecuado puede permitir seguir participando en la vida del barrio. La atención domiciliaria puede retrasar o evitar cambios residenciales no deseados. Una tecnología correctamente diseñada puede compensar determinadas limitaciones sin convertirse en un sistema permanente de vigilancia.
Incluso la organización de nuestros pueblos y ciudades puede determinar hasta qué punto seguimos pudiendo hacer cosas por nosotros mismos.
Por eso la autonomía no depende únicamente de nuestra condición física. También depende de las posibilidades que ofrece el entorno en el que vivimos.
En VivirMejor ya hemos planteado esta cuestión al hablar de la autonomía personal en tiempos de algoritmos: una herramienta aumenta nuestra autonomía cuando amplía nuestra capacidad para actuar o elegir; puede reducirla cuando se convierte en la única alternativa disponible o cuando otros empiezan a utilizarla para decidir por nosotros.
Con los cuidados ocurre algo parecido.
Una sociedad en la que millones de personas necesitarán apoyo no debería aspirar simplemente a conseguir que esas personas estén atendidas. Debería aspirar a que puedan seguir participando en las decisiones que afectan a su propia vida.
El desafío de los cuidados no será solamente ayudarnos cuando ya no podamos hacerlo todo solos. Será conseguir que, incluso entonces, podamos seguir diciendo qué queremos hacer, cómo queremos hacerlo y qué ayuda estamos dispuestos a aceptar.
Vivir más años amplía nuestras posibilidades, pero también hace más probable que atravesemos etapas en las que necesitemos apoyo. Prepararnos para ellas no consiste únicamente en disponer de más recursos.
También significa construir una sociedad capaz de ayudarnos sin arrebatarnos innecesariamente aquello que todavía podemos decidir.
