No quiero hacerlo todo solo: quiero seguir decidiendo qué hago yo
La tecnología promete ayudarnos a vivir durante más tiempo con independencia. Sensores que detectan caídas, relojes que monitorizan nuestra actividad, viviendas inteligentes, asistentes virtuales o aplicaciones capaces de facilitar multitud de tareas cotidianas forman ya parte de la conversación sobre longevidad.
Pero quizá hemos utilizado con demasiada facilidad una palabra para describir ese futuro: autonomía.
Irene Lebrusán plantea en CENIE una cuestión especialmente interesante en su artículo La falacia de la autonomía y la trampa tecnológica: una persona puede vivir en una vivienda completamente domotizada y, sin embargo, encontrar unas escaleras al salir del portal, carecer de transporte adecuado o haber perdido los comercios y servicios que le permitían desenvolverse en su barrio. La tecnología puede facilitar muchas cosas dentro de casa sin resolver las condiciones que hacen posible participar en la vida fuera de ella.
La pregunta entonces no es únicamente cuánta tecnología necesitamos para mantener nuestra independencia. Antes convendría preguntarnos qué entendemos por ser autónomos.
Autonomía no significa no necesitar a nadie
Existe una idea de independencia que resulta especialmente atractiva: poder hacerlo todo por nosotros mismos. No necesitar ayuda, resolver nuestras tareas cotidianas y depender lo menos posible de otras personas.
El problema es que ninguna vida funciona realmente así.
Dependemos del transporte, de quienes mantienen nuestras ciudades, de profesionales sanitarios, comercios, servicios públicos, familiares, amigos y personas a las que quizá nunca conoceremos. Lebrusán utiliza precisamente esa interdependencia para cuestionar una visión demasiado individual de la autonomía: vivimos dentro de sistemas sociales que hacen posibles nuestras decisiones.
Envejecer puede hacer más visibles algunas de esas dependencias, pero no las crea.
Tal vez por eso resulte más útil distinguir independencia de autonomía. La primera puede entenderse como la capacidad de hacer algo sin ayuda. La segunda tiene mucho más que ver con conservar la capacidad de decidir cómo queremos vivir, incluso cuando necesitamos apoyos para conseguirlo.
Una persona puede necesitar ayuda para limpiar su casa y continuar decidiendo perfectamente cómo organiza su vida. Puede necesitar transporte adaptado y seguir eligiendo dónde quiere ir. Puede recurrir a un dispositivo para recordar determinadas tareas sin entregar a otra persona el control de todas sus decisiones.
Necesitar apoyo no elimina necesariamente la autonomía.
Cuando la tecnología ayuda y cuando simplemente desplaza el trabajo
Lebrusán había desarrollado unos meses antes otra idea relacionada en Desplazar lo humano, imponer lo tecnológico. Un nuevo modelo social.
Muchos avances tecnológicos presentados como comodidad no eliminan realmente una tarea: cambian quién debe realizarla.
Reservamos nuestras propias citas, pesamos productos, utilizamos cajas de autopago, gestionamos incidencias, recordamos contraseñas, validamos nuestra identidad y aprendemos continuamente nuevas aplicaciones e interfaces. Actividades que antes realizaban otras personas o compartíamos con ellas pasan a formar parte de nuestro trabajo cotidiano.
En muchos casos lo hacemos encantados porque obtenemos rapidez, flexibilidad o comodidad. El problema aparece cuando desaparece cualquier alternativa.
Entonces la capacidad para utilizar una tecnología deja de ser una opción y se convierte en un requisito para participar plenamente en la sociedad. Y cuando alguien encuentra dificultades, resulta demasiado fácil concluir que esa persona tiene un problema con la tecnología en lugar de preguntarnos si el servicio está bien diseñado.
Esta cuestión afecta especialmente a una sociedad longeva, pero tampoco pertenece exclusivamente a las personas mayores. Enfermedad, cansancio, una discapacidad temporal, dificultades cognitivas o simplemente una aplicación mal diseñada pueden situarnos a cualquiera ante una tecnología que, en lugar de facilitar una tarea, la complica.
La cuestión no es si necesitamos personas o tecnología. La cuestión es poder decidir qué hacemos nosotros, qué delegamos en una máquina y cuándo queremos recibir ayuda de otra persona.
Una máquina también puede ayudarnos a ser más autónomos
Cuestionar el llamado imperativo tecnológico no obliga a desconfiar de la tecnología.
Un robot capaz de realizar determinadas tareas domésticas puede permitir que alguien continúe viviendo en su propia casa durante más tiempo. Un sensor puede proporcionar seguridad. Un reloj inteligente puede aportar información útil sobre nuestra actividad. Una videollamada puede mantener un vínculo familiar a miles de kilómetros.
En esos casos, la tecnología no necesariamente sustituye la relación humana. Puede simplemente eliminar una dificultad que limita nuestra capacidad de decidir.
El problema aparece cuando confundimos automáticamente innovación con autonomía o cuando utilizamos la tecnología para sustituir decisiones que todavía podemos y queremos tomar.
Un dispositivo de localización puede ofrecer tranquilidad a una persona que decide utilizarlo. También puede convertirse en una herramienta de vigilancia si son otros quienes deciden cuándo y cómo controlar sus movimientos.
La misma tecnología puede aumentar o reducir autonomía dependiendo de quién conserva el control.

Seguir decidiendo quizá sea la verdadera autonomía
Una sociedad más longeva necesitará tecnologías capaces de compensar limitaciones, simplificar tareas y ofrecer nuevos apoyos. También necesitará viviendas accesibles, barrios habitables, transporte, servicios, relaciones y personas.
No parece razonable elegir entre ambas cosas.
La tecnología puede convertirse en una extraordinaria herramienta para vivir con mayor libertad si permanece al servicio de nuestras decisiones. Y la ayuda de otras personas no debería interpretarse automáticamente como pérdida de independencia.
Quizá el objetivo no sea llegar a una vejez en la que consigamos hacerlo absolutamente todo solos.
Puede ser algo mucho más interesante: conservar durante el mayor tiempo posible la capacidad de decidir qué queremos seguir haciendo, qué preferimos delegar y qué ayuda estamos dispuestos a aceptar.
Porque autonomía no significa vivir sin necesitar a nadie.
Significa que, incluso cuando necesitamos a otros —personas, servicios o máquinas—, nuestra vida continúa siendo nuestra.
