VivirMejor, una manera de entender la longevidad

«Envejecer es un proceso extraordinario mediante el cual te conviertes en la persona que siempre debiste haber sido.»

La frase se atribuye a David Bowie y probablemente resulte demasiado rotunda para tomarla literalmente. Pero contiene una idea que nos interesa: envejecer también puede ser una transformación, no solamente una pérdida.

VivirMejor nace de esa manera de mirar.

No pretendemos explicar cómo hay que envejecer, ni convertir una vida larga en una nueva obligación de estar sanos, activos, conectados, productivos y felices. Tampoco nos interesa hablar de las personas mayores como si fueran un colectivo homogéneo al que hubiera que observar, cuidar o vender algo. Nos interesa algo bastante más cercano: qué hacemos con una vida que puede durar mucho más de lo que durante generaciones habíamos imaginado.

Más años cambian la perspectiva

Cumplir años modifica algunas cosas inevitablemente. El cuerpo cambia, las circunstancias cambian y también pueden hacerlo nuestras prioridades. Pero una vida larga no sigue un itinerario establecido. Hay quien quiere continuar trabajando y quien espera dejar de hacerlo. Quien descubre nuevos proyectos y quien recupera otros que había aparcado. Quien necesita compañía y quien disfruta viviendo solo. Quien quiere viajar y quien encuentra una vida extraordinariamente satisfactoria a veinte minutos de casa.

No nos interesa decidir cuál de esas vidas es mejor. Nos interesa que puedan ser elegidas.

Ese matiz explica buena parte de VivirMejor. La longevidad suele abordarse preguntándonos cómo conseguir más años o cómo afrontar los problemas que aparecen con ellos. Nosotros queremos añadir otra pregunta: qué condiciones necesitamos para poder seguir haciendo nuestra esa vida.

Vivir más importa. Poder decidir cómo queremos vivir ese tiempo importa todavía más.

Autonomía no es hacerlo todo solos

Durante estos meses una palabra ha ido apareciendo una y otra vez en VivirMejor: autonomía. No estaba en un plan editorial. Ha surgido hablando de tecnología, de patrimonio, de conducción, de cuidados, de vivienda o de relaciones familiares. Y quizá por eso ha terminado siendo mucho más importante que una categoría.

Ser autónomos no significa demostrar que todavía podemos hacerlo todo sin ayuda. Ninguno vivimos así. Dependemos de otras personas, de servicios, de infraestructuras y cada vez más de tecnologías.

La autonomía está en otro lugar: en conservar capacidad para decidir.

Decidir qué queremos hacer nosotros, qué preferimos delegar y qué ayuda estamos dispuestos a aceptar. Poder utilizar una tecnología porque nos facilita la vida sin que esa tecnología se convierta en la única forma posible de hacer las cosas. Recibir cuidados cuando los necesitamos sin dejar por ello de participar en las decisiones que nos afectan. Incluso disponer de recursos económicos adquiere otro significado cuando lo miramos así. El patrimonio, la salud o la tecnología dejan de ser objetivos aislados y pueden convertirse en algo mucho más sencillo: herramientas que permiten conservar opciones.

Quizá una de las consecuencias menos interesantes de la creciente atención hacia la longevidad sea la aparición de nuevos modelos sobre cómo deberíamos envejecer. Ahora no basta con hacernos mayores. Parece que debemos hacerlo estupendamente. Hay que caminar determinada cantidad de pasos, mantener una intensa vida social, aprender continuamente, cuidar la alimentación, dominar la tecnología, viajar, tener proyectos y, a ser posible, sonreír en las fotografías. No es esa nuestra idea de vivir mejor.

La longevidad debería ampliar nuestras posibilidades, no escribir otro guion que tengamos que cumplir.

Cuidarnos importa. Mantener capacidades importa. Tener relaciones, recursos y proyectos puede hacer nuestra vida extraordinariamente mejor. Pero convertir todo eso en un nuevo catálogo de obligaciones sería sustituir unos estereotipos sobre la edad por otros. Una vida larga contiene etapas buenas y malas, pérdidas y descubrimientos, autonomía y necesidad de ayuda, proyectos y periodos en los que simplemente queremos estar tranquilos.

VivirMejor tampoco nace únicamente para hablar de lo que ocurre cuando una persona cumple 60, 70 u 80 años. Cuando millones de personas viven más, cambia algo alrededor de ellas. Empiezan a quedarse pequeñas algunas ideas sobre el trabajo, la jubilación, el ahorro, los cuidados o la familia. Aparecen tecnologías y servicios nuevos. Las empresas descubren necesidades que antes apenas miraban. Las ciudades tienen que preguntarse para quién están diseñadas. Y las familias aprenden a convivir durante más años y entre más generaciones.

Por eso aquí acabamos hablando de asuntos aparentemente muy distintos. No porque queramos hablar de todo, sino porque la longevidad atraviesa muchas cosas que hasta ahora acostumbrábamos a mirar por separado.

Ese es también nuestro criterio editorial. Una noticia puede interesarnos no por lo que acaba de ocurrir, sino por la pregunta que deja abierta. Una innovación nos interesa menos por ser nueva que por aquello que permite hacer. Y un producto o un servicio resultan interesantes cuando ayudan a comprender cómo están cambiando nuestras decisiones.

No queremos contar la longevidad desde fuera.
Vivimos dentro de la transformación que intentamos comprender.

Buenas preguntas para una vida más larga

VivirMejor no tiene una respuesta para explicar cómo debemos vivir una vida larga. Tiene preguntas. Algunas nacen de grandes cambios sociales y otras de cosas bastante pequeñas: cuándo dejar de trabajar, qué hacer con nuestros ahorros, si queremos seguir conduciendo, qué tecnología merece entrar en casa, cómo pedir ayuda sin entregar nuestras decisiones o qué hacemos cuando, por fin, dejamos de tener tanta prisa. Con el tiempo aparecerán otras y esa es precisamente la intención.

Porque quizá vivir mejor no consista en encontrar una fórmula que podamos aplicar durante los próximos treinta años. Quizá consista en conservar suficientes opciones para poder cambiar la respuesta cuando cambie nuestra vida.

Y por eso seguimos volviendo a Bowie. No porque sepamos quién es «la persona que siempre debimos haber sido», sino porque una vida más larga nos ofrece algo que durante buena parte de la historia fue mucho más escaso: tiempo para seguir averiguándolo.